Friday, October 07, 2005

Las iglesias iniciáticas del Temple


Las iglesias iniciáticas del Temple

¿Qué simbolizan esos misteriosos santuarios octogonales que los caballeros templarios edificaron por toda Europa? Seguramente estén asociados a cultos y rituales de carácter secreto.

Cuando en 1118 el rey Balduino de Jerusalén autoriza a la Orden del Temple, le entrega las ruinas del templo de Salomón para que residan allí. El lugar estaba ocupado por diversos edificios sagrados musulmanes, destacando el santuario Kubbat-el-Sakhra, o Cúpula de la Roca, construcción octogonal que los templarios convirtieron en «Iglesia Madre», colocando en su interior el símbolo griálico por excelencia: un cáliz con sangre del Mesías Jesús.

Pocos años después, el trovador templario Wolfram von Eschenbach, al hablar en uno de sus poemas más esotéricos sobre la misión oculta de la Orden, declara: «Cuando Titurel se propuso la construcción de un templo, sito en Montsalvat, para guardar en él al Santo Grial, confió su custodia a doce caballeros templarios, al frente de los cuales figuraba un gran maestre de la Orden. Y el Templo del Grial simulaba la forma radiante del octógono».

Este Templo del Grial se extenderá luego por toda Europa, donde no hay país que no posea hoy una o más de estas enigmáticas construcciones octogonales templarios: Drüggelte, Bonn y Kobern, en Alemania; Laon, Metz y París, en Francia; Eunate, Torres del Río, Soria, Zaragoza, Segovia y Montsaero de Morcín, en España; Tomar, en Portugal; Pisa, Bolonia y Barletta, en Italia; Londres, Northampton, Bristol y Garway, en Inglaterra; etcétera. Ante ellas no podemos dejar de preguntarnos: ¿quién puede haber dado a los caballeros templarios el gusto por las iglesias poligonales de triple recinto?

La respuesta es simple, no pueden haber recibido estas enseñanzas más que de los «compañeros constructores»: europeos de tradición céltica, bizantinos y sirios próximo-orientales, y musulmanes, que colaboraron con ellos en tareas comunes obedeciendo a las mismas tradiciones sincréticas.

La construcción poligonal no es un invento templario. Sabemos que los caballeros tomaron prestados elementos de la tradición ancestral en un sincretismo acorde con sus propósitos. Es inútil inventar símbolos nuevos cuando ya existen otros que desde siempre sirvieron para expresar la idea que se quiere manifestar. Esto era conocido por los compañeros constructores y sus aliados templarios cuando al levantar sus templos iniciáticos les dotaron de una estructura simbólica que venía sirviendo a la función iniciadora desde la noche de los tiempos.

No es fácil seguir el rastro de los edificios poligonales, pero desde los tiempos «paganos» están asociados a un culto y un ritual de carácter secreto, y relacionados con algún modo de «muerte iniciática». Como el templo dúplice del oráculo de Apolo en Delfos, considerado el Centro del Mundo; el templo octogonal de Diana-Artemisa, la Diosa-Madre-Tierra negra, en Efeso; o los pequeños templos privados poligonales de las mansiones romanas.

Cuando surge el Cristianismo, inicialmente se limita a adaptar las estructuras arquitectónicas existentes: basílicas romanas o templos paganos, y entre ellos los modelos circulares y poligonales, aplicados a la práctica de ritos religiosos especiales, como el bautismo. Mediante la forma octogonal concéntrica del baptisterio, se significaba que la inmersión no sólo se efectuaba como descenso a las aguas primordiales de la creación, sino también como viaje iniciático al Lugar Central donde mora el Espíritu De Dios. El neófito se sumergía en las aguas como un vehículo para acceder a la mansión de la Tríada Divina, que transforma espiritualmente a los que alcanzan tal lugar. Más tarde las pilas bautismales medievales adoptarán la forma de un gran cáliz, lo que dotará al rito del bautismo de sugerentes resonancias griálicas. Así, el iniciado es simbólicamente bautizado con el agua primordial y con la sangre regeneradora de la divinidad: con el fluido vital de la tríada celestial.

Puerta dimensional

En Tierra Santa, los martyrium se elevan sobre lugares marcados por un hecho trascendente en la vida de Cristo. Capilla de la Ascensión y Santo Sepulcro, de Jerusalén; o la Natividad, de Belén. Construcciones relacionadas con el «muerto-resucitado» por excelencia, Jesús. Aunque el ejemplo más significativo, en el ámbito simbólico, está en la Tumba de la Virgen, de Jerusalén. Cuentan las tradiciones cristianas que María, al morir, fue trasladada al cielo en cuerpo y alma. Por tanto, el edificio octogonal sobre esa tumba ficticia, deja de ser mausoleo para convertirse en puerta dimensional: lo que allí se conmemora es el acceso al Centro Supremo, a la morada de la Tríada Divina, por parte de una persona santa. Lo que puede equipararse con el sentido de¡ templo octogonal de la diosa Diana, en Efeso.

Los grandes arquitectos bizantinos tomaron este modelo octogonal para sus iglesias de plan central, por el simbolismo cosmogónico trascendente que encerraban, creando notables ejemplares en Constantinopla e Italia. El prototipo se extenderá luego por la Galia y Britania, donde se combinará con el simbolismo de los templos célticos. Pero no es sino a partir del asentamiento de la Orden del Temple en Jerusalén (1118), en el santuario islámico de la Cúpula de la Roca, cuando Occidente vuelve a retomar con pujanza el tipo de construcción poligonal.

Porque sólo la Orden del Temple es la que, salvo contadas excepciones, construye estos edificios por toda Europa. Desde la Iglesia del Temple, en París, casa principal de la Orden en Occidente, hasta la capilla de Eunate (Navarra, España), pasando por la Capilla del Temple, en Londres, el Convento de Cristo, en Tomar (Portugal), o la Iglesia de Nuestra Señora del Temple en su encomienda de Zaragoza.

Y aunque el simbolismo templario se nutría tanto del esoterismo compañeril oriental y occidental, como de la mística cabalística hebraica, no debemos olvidar otra fuente inspiradora poco estudiada, el Islam. Ya que el esquema constructivo poligonal templario está claramente inspirado en el Santuario de la Cúpula de la Roca, de Jerusalén, síntesis de todas las estructuras poligonales anteriores, paganas y cristianas.

El año 636 el califa Omar I conquista Jerusalén y consagra la explanada del Templo de Salomón a la religión musulmana. Este lugar se convierte así en el Harani-el Cherif, recinto sagrado, imagen del Centro Supremo de Dios de donde emana la fe verdadera que impregna las tres religiones predominantes en la Ciudad Santa. Para manifestar esta sacralización, el califa Abd- el Malik ordena en 685 la construcción de un grandioso conjunto religioso monumental, presidido por el santuario octogonal Kub- bat-el-Sakhra, o Cúpula de la Roca, que se eleva sobre la explanada del Templo. El edificio está compuesto por un triple cuerpo: el más interior, circular, rodeado de una galería octogonal, y encerrados ambos por el cuerpo exterior, también octogonal. Su simbolismo responde al del Centro Sagrado Invisible: el punto central o eje del mundo, ocupado aquí por la Roca Sagrada, es circular y pasa al cuadra- do a través de un octógono, en este caso doble, que representa la doble unión del Cielo y la Tierra, en ese punto donde la divinidad entra en contacto con los hombres y donde también algunos humanos elegidos pueden traspasar la puerta dimensional que los separa del universo divino trascendente.

El elemento primordial del edificio es la Roca. Alrededor de ella los artísticos sufíes y los derviches celebraban el ritual «tawaf», la danza circular que los templarios repetirán en los deambulatorios de sus templos poligonales, mediante procesiones rituales corno las celebradas en Vich (Barcelona), Monsacro de Morcín (Oviedo), o en las arquerías exteriores de Eunate (Navarra). Este centro sagrado es objeto de numerosas leyendas; una de éstas designa la Roca como el lugar exacto donde sonarán las trompetas en el Juicio Final y estará el Trono de Dios. Pero la leyenda más sugerente es aquella que propició la construcción del santuario en este preciso lugar. Afirma que el profeta Mahoma había sido transportado hasta este enclave, a lomos de la yegua alada Alborac, para desde allí ascender a los círculos del cielo y contemplar la grandeza de Alá, tras dejar grabadas en la piedra las huellas de su mágica cabalgadura.

Eje de la creación

Todo nos lleva a pensar que los arquitectos del califa Abd-el-Malik actuaron al servicio de una idea simbólica, que se manifiesta en toda su sincrética multiplicidad mediante ese esquema de triple recinto octogonal, como un reflejo de las tres religiones del Libro. En su vertiente esotérica hacen de la Roca Sagrada un punto privilegiado de la Tierra, al colocar allí el ombligo del mundo, cimiento del eje de la creación. La tradición cabalística hebrea del Zohar describe así este núcleo del santuario islámico: «El mundo sólo comenzó a existir cuando Dios cogió la 'Piedra de la Fundación', y la lanzó al abismo de las aguas de las posibilidades universales, de suerte que allí se implantara sólidamente para que pudiera construirse el mundo sobre ella. Esta piedra es el punto central del Universo, sobre el que se sitúa el Santo de los Santos».

Estamos ante un símbolo griálico puro, pues dicha «Piedra de la Fundación» no es otra cosa que la Piedra Grial de la caballería esotérica cristiana, y ante una arquitectura sagrada construida en función de dicho símbolo: el Templo de Dios que contiene la Piedra Celeste. Y no debe extrañamos que se trate también de un símbolo islámico, puesto que esta roca simbólica es imagen de la Kaaba Celestial, buscada por la caballería esotérica islámica. Esta Piedra Celeste es la que el trovador templario Wólfram von Eschembach describe como «flotando en el interior de un cofre precioso sobre el Monte Onyx. Esta piedra se llama Grial y es custodiada por doce caballeros templarios en un santuario octogonal». ¿Acaso en el octógono de la Cúpula de la Roca? Porque no olvidemos que este santuario islámico fue la Iglesia Madre de la Orden del Temple.

Los caballeros templarios no efectuaron ninguna transformación relevante en el santuario islámico. Esta manifestación de respeto por un edificio sagrado de otra religión, es coherente con lo que será la política sincrética del Temple durante doscientos años. La estructura arquitectónica, levantada sobre unos cánones simbólicos, tiene valor por sí misma; es un instrumento útil aunque el ritual varíe de una religión a otra, puesto que la armonía del edificio responde lo mismo a la salmodia del muecín, que al cántico del monje o al rezo del rabino.

La asunción de estos valores sincréticos por el Temple queda patente en el título de «Templo del Señor» otorgado por los templarios a la Cúpula de la Roca, en 1142, que es lo suficientemente ambiguo como para que podamos ver en él un reflejo de la noción esotérica del Templo Espiritual Universal, que guarda la «Gnosis Divina». Lo que traducido al simbolismo cristiano medieval se entiende como Templo del Grial, donde se guarda la Copa Sagrada del Conocimiento, custodiada por el Rey del Grial.

Modelo poligonal

Los templarios no actuaron alocadamente cuando escogieron el santuario de la Cúpula de la Roca como Iglesia Madre. Conocían el significado simbólico del edificio en la escatología esotérica islámico-hebraica y no tuvieron empacho en «traducirlo» a su gnosis particular, considerándolo Templo del Grial y manifestando esta creencia mediante la presencia material de una copa, con sangre del Mesías, suspendida sobre la Roca Sagrada. Junto a ese «Grial» se encontraba un «lignum crucis» patriarcal con un fragmento de la Vera Cruz, obtenida de la madera del Árbol de la Vida, que es también Eje del Mundo y une Macrocosmos y microcosmos. Y junto a estos símbolos, una Virgen Negra, ante la que ardía una cande- la de oro, señalaba el lugar donde Maria, la Gran Madre-Tierra, había presentado a Jesús en el Templo el día de la Purificación, fiesta de la Candelaria, como manifestación oficial de la Luz Divina, surgida del seno de la Madre, en el Eje del Mundo Visible.

Los templarios, conscientes de su valor ritual, señalaron todos los lugares santos de la Cúpula de la Roca, ordenándolos según una ronda que los caballeros debían seguir en sus ritos de iniciación, deteniéndose a meditar ante cada uno de ellos, leyendo los versos que los marcaban, obra del poeta y prior templario Achard Darrouaise. ¿Podría entonces extrañamos que los templarios reprodujesen el modelo poligonal del Templum Domini en sus recintos iniciáticos? Un modelo que desde el primer momento fue adoptado como emblema de la Orden y del Gran Maestre, en cuyos sellos aparecía el Santuario de La Roca.

La densidad y distribución de estas construcciones poligonales en Occidente no son caprichosas, y las formas responden a un ritual preciso, hoy desaparecido, que sólo podemos evocar en pequeña medida. Estas capillas, iglesias o ermitas, están coronadas por una «linterna de los muertos». Igualmente poseen leyendas relativas a tumbas de reinas, magos, druidas y otros personajes misteriosos, así como a pasadizos secretos, cámaras ocultas y criptas tapiadas. En ellas se veneraban enigmáticas Vírgenes Negras, singulares cristos románicos, o Lignum Crucis patriarcales relacionados con el simbolismo esotérico del Temple. Contienen elementos estructurales ajenos a los edificios religiosos de la época y, por la composición del conjunto, nos hacen pensar en recintos para celebraciones mistéricas antes que en edificios para el culto cristiano habitual.

Porque algo parece claro: ni la Cúpula de la Roca es una mezquita, ni las capillas poligonales del Temple son iglesias en un sentido estricto, si bien ambas construcciones, en función del medio en que se desenvuelven parecen responder a las directrices utilitarias de la religión del momento.

En todas las iglesias poligonales del Temple, conservadas y desaparecidas, el misterio rodea la educación, un misterio que hunde sus raíces en símbolos tan viejos como la humanidad, y que en la Edad Media se manifestó, de manos de los caballeros templarios, bajo la forma del Grial.

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